El problema de la vivienda

El problema de la vivienda

Por Senador Jorge Enrique Robledo

02 Jan 2007

La existencia de un faltante habitacional, tanto en los países imperialistas como en los neocoloniales, así el de los primeros sea porcentualmente inferior al de los segundos, exige explicar aunque sea con brevedad el origen del “problema de la vivienda” y los diferentes puntos de vista que hay sobre él.

El déficit de vivienda no es nuevo en el mundo.  Lo han padecido las clases oprimidas desde el inicio mismo del proceso que condujo a la aparición de la propiedad privada sobre la tierra y los medios de producción, y se consolidó definitivamente con el surgimiento de las clases sociales.  En el transcurso de la constitución de éstas, entre las muchas diferencias de diversa índole que fueron apareciendo estaba la relativa a las condiciones de habitación.  Mientras que las viviendas de los primeros explotadores del orbe mejoraban con el desarrollo de las fuerzas productivas, lo que les permitía dotarlas de nuevos materiales y emplear técnicas conducentes a una vida más confortable, higiénica y segura, las características de las casas de los desposeídos se mantenían estancadas, cuando no retrocedían a niveles superados. 

Si en la Roma esclavista, por ejemplo, Vitrubio recomendaba que las viviendas del pueblo romano libre no debían tener sala porque a los plebeyos nadie los visitaba[1], ¿cómo serían las barracas en las que se amontonaban los esclavos mineros y agrícolas del imperio? Durante el feudalismo, en los alrededores de los grandes castillos los siervos compartían, hacinados, sus chozas de una habitación con los animales domésticos[2], y hubo frecuentes legislaciones que castigaban hasta con la muerte al campesino que tomara madera de los bosques de su señor para protegerse de los gélidos inviernos europeos.  Desde cuando aparecieron las clases, los mandamases de todos los tiempos y latitudes se han asegurado de que sus esclavos, siervos o proletarios soporten viviendas con características inferiores a las que corresponderían al nivel de desarrollo material de la sociedad de que se trate.  Esto obedece a que, sin excepción, cuanto menores sean las cantidades de riqueza social que las clases dominantes tengan que distraer en gastos de alojamiento de los trabajadores, mayor será la plusvalía de la cual se apropiarán, con el límite máximo que imponen las exigencias de supervivencia de la especie.

El advenimiento del capitalismo y la urbanización de los países que éste generó no crearon las pésimas condiciones de habitación de las masas trabajadoras.  Lo que se produjo fue el traslado de la mayoría del déficit del campo a la ciudad.  Los nuevos obreros fabriles no dejaban buenas viviendas en las zonas rurales para tomar otras deficientes en las ciudades: dejaban unas pésimas y las que encontraban eran iguales o peores.  Inclusive las habitaciones del común de quienes ya vivían en los burgos durante la transición del feudalismo al capitalismo tenían malas condiciones.  Si en el capitalismo comenzó a hablarse del problema de la vivienda como un asunto especial al que hay que atender, diferenciándolo de alguna manera de los problemas del hambre, el desempleo, la falta de salud, educación, etc., ello no se debe a que dichas lacras sociales fueran inexistentes, sino a que la penuria de la vivienda, además de afectar a la clase obrera, atañe también a la pequeña burguesía e indirectamente a la burguesía.
Si algo nuevo sucedió con el avance del capitalismo fue que el rápido aumento de la población urbana, y el hecho de que se construyera a ritmos inferiores a los del crecimiento de las ciudades, hacían que la penuria de la vivienda se agudizara, que se elevaran los alquileres a sumas desmesuradas y se arrendaran hasta las más infectas habitaciones.

El empleo de los métodos científicos experimentales modernos, que coincidió con el gran aumento de la población urbana, enseñó a los capitalistas que las epidemias que despoblaban campos y ciudades tenían origen, hasta cierto punto, en las misérrimas condiciones higiénicas de las urbes, y específicamente de las viviendas obreras.  Los primeros códigos sobre normas higiénicas de las habitaciones y barriadas no se hicieron esperar, y los filántropos burgueses, con sus exhortaciones dirigidas a la “solución” del problema, tampoco.  La clase media elevó sus clamores tendientes a conseguir casas acordes con su capacidad de pago.  Había surgido el “problema de la vivienda” con una cierta apariencia de desconexión con las demás deficiencias a las cuales el sistema imperante somete a los estratos oprimidos de la población, y desde entonces las burguesías de los distintos países lo han incluido en sus programas de gobierno.

El furor de las “soluciones” burguesas y pequeño burguesas se dio principalmente durante el siglo XIX, aunque todavía se dejan escuchar sus ecos, a pesar de que más de cien años debieran ser suficientes para eliminar cualquier demagogia al respecto.  El común denominador de las ofertas de estas dos clases radica en hacer a cada familia propietaria de su vivienda, y en sostener que ello debe lograrse dentro de los parámetros del modo de producción prevaleciente.  A ambas les ocurre con la falta de vivienda lo mismo que con todas las carencias de la sociedad: quieren que desaparezcan, pero sin que se modifiquen las causas que las producen y sustentan; las perturban los efectos de la explotación, pero no se atreven a renunciar a ella.  En sus propuestas sobre la solución del problema están listas a cuestionar todo menos el sistema imperante, y siempre se abstienen de afirmar lo obvio en este caso: que el problema no tiene arreglo mientras perdure la explotación del hombre por el hombre.

La burguesía opina así por calculada astucia.  Por ningún motivo puede aceptar que la penuria de vivienda, ni ninguna otra de las miserias a las que las relaciones de producción capitalistas someten a la mayoría de la gente, son insolubles mientras se mantenga su dominación.  En ello se le va la vida.  Pretende convertir los afectos de la explotación en cuestiones pasajeras: que falta desarrollo o que las masas no tienen espíritu de ahorro, que hay pocos hombres caritativos o demasiado crecimiento demográfico, cualquier cosa afirmará que distraiga la atención del público, menos que la penuria habitacional no es más que “uno de los innumerables males menores y secundarios originados en el actual modo de producción capitalista”, como afirmara Engels[3].

La pequeña burguesía, golpeada por el déficit y tan afecta a la propiedad privada, aun cuando sólo sea de una vivienda, ha sido tal vez la clase social que con más bríos se ha dado a la tarea de “solucionar” el problema, y en no pocas ocasiones sus fórmulas redentoras las presenta en nombre de las ideas proletarias.  Escandalizada por el precio de los arriendos, abanderó desde los inicios de la urbanización acelerada de los países la conversión de los alquileres en cuotas de amortización para la casa propia, e intentó presentar esta simple adecuación del negocio a las condiciones del mercado como “la reivindicación primerísima de la democracia social”[4].  En sus arrebatos teóricos alcanzó a insinuar que la liberación de la clase obrera y del pueblo puede lograrse a través de un techo propio.  Intentó convertir en causa de la miseria un mero efecto de la explotación del trabajo asalariado, y pretendió indicar que aquél que dentro del pueblo logre conseguir una vivienda de su propiedad escapa de las garras de la opresión.  Redujo el problema al acceso a un crédito suficiente, a largo plazo y ojalá barato que le permitiera el pago de cada casita en el transcurso de unos cuantos lustros, mediante el aporte de “módicas” cuotas mensuales, al tiempo que guardó silencio acerca de que a porciones importantísimas de la clase obrera, para no hablar de las capas más empobrecidas de la población, ningún sistema de crédito las acepta, a causa de la inestabilidad laboral y los bajísimos salarios.  Como es obvio, la solución pequeñoburguesa del problema de la vivienda sólo puede servirle a la pequeña burguesía más acomodada, así se recurra a las más “imaginativas” propuestas financieras y tecnológicas, pues ninguna asociación mutuaria, cooperativa u organización de ahorro y crédito, con las cuales pretende vanamente evadir la voracidad de los banqueros, aceptará entre sus socios a aquellos obreros y trabajadores que siempre, inclusive en las etapas de mayor prosperidad capitalista, reciben salarios insignificantes y hacen periódicos ingresos al ejército de subempleados y desempleados que a duras penas subsiste.

La clase dominante, conocedora de la incapacidad de pago de porciones importantes de la población pero interesada en crear una capa de pequeños propietarios de vivienda, generalmente sus propios empleados gubernamentales, hace demagogia con actividades “filantrópicas” y ofrece planes subsidiados por el Estado, aunque en cantidades insuficientes para eliminar el déficit.  Al igual que la pequeña burguesía, cuando presenta sus “soluciones” al problema nunca explica que éste es insoluble en sociedades comandadas por ella.  No se opone a los intentos pequeñoburgueses, y si puede los auspicia dando alas a cualquier especulación que pretenda “resolver” la penuria habitacional mediante formas particulares de asociación, propiedad, arriendo o técnicas constructivas.  Cualquier cantinela que alimente falsas ilusiones entre la clase obrera y el pueblo le cae como anillo al dedo, pues consolida su dominación.

Para la burguesía, la propiedad privada de los asalariados sobre una vivienda no significa peligro alguno, desde el punto de vista económico o político.  Los anhelos de propiedad de las masas, siempre y cuando no apunten a la apropiación colectiva de los medios de producción, no amenazan la estabilidad del Estado burgués.  Por el contrario, según palabras de Mariano Ospina Pérez, “el día en que un ciudadano es propietario de su casa, en que sabe que las paredes que albergan a su mujer y a sus hijos y que los albergará después de su muerte son suyas, se efectúa en él una transformación definitiva, se reconcilia con la sociedad”[5].  Aunque el expresidente exagera, es cierto que “los jefes más inteligentes de las clases imperantes han dirigido siempre sus esfuerzos a aumentar el número de pequeños propietarios a fin de crearse un ejército contra el proletariado”[6].

Por otra parte, con respecto a la economía capitalista, la propiedad de la vivienda puede ser un buen negocio para la minoría gobernante.  La construcción de casas de bajo precio es capaz de proporcionarle buenos rendimientos a la burguesía propietaria de la tierra, de las fábricas de materiales y productora de vivienda, sobre todo si la financiación, la parte riesgos a de la empresa, corre a cargo del Estado.  En determinadas condiciones, incluso, la propiedad privada de la vivienda puede aumentar la plusvalía de que se apropian las clases explotadoras.  “Supongamos que en una región industrial determinada —dice Engels— sea normal que cada obrero posea su propia casita.  En este caso la clase obrera de esta región está alojada gratuitamente; los gastos de vivienda ya no entran en el valor de su fuerza de trabajo.  Pero toda disminución en los gastos de producción de la fuerza de trabajo, es decir, toda reducción por largo tiempo de los precios de los medios de subsistencia del obrero equivale a una baja de valor de la fuerza de trabajo y lleva, en fin de cuentas, a una baja correspondiente del salario.  El salario descendería así, por término medio, en una cantidad igual a la economía realizada sobre el alquiler corriente, es decir, que el obrero pagaría el alquiler de su propia casa, no como antes en dinero al propietario, sino bajo la forma de trabajo no pagado que iría al fabricante para el cual trabaja.  De esta manera, las economías invertidas por el obrero en la casita se convertirían, efectivamente y en cierta medida, en capital, pero no para él, sino para el capitalista de quien es asalariado”[7].  Además, la propiedad sobre la vivienda le resta movilidad al proletariado, con lo que esto implica en sus enfrentamientos con la burguesía y huelgas en las fábricas; la propiedad de la vivienda, sobre todo cuando aún se está pagando, funciona como herramienta de coacción y chantaje.

La existencia de un importante déficit de vivienda en las potencias imperialistas confirma la negativa de la burguesía para resolver el problema.  En aquellos países, los de abajo no pueden y los de arriba no quieren acabar con la penuria habitacional.  Esta verdad se hace aún más aberrante cuando se entiende que la falta de vivienda, a diferencia de la que existió durante los modos de producción que precedieron al capitalismo o de la que existe hoy en día en las neocolonias, podría resolverse dentro del actual nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.  En los países desarrollados existe desde hace muchos años una base material capaz de dotar de habitación adecuada a la totalidad de la población, si se reparte la riqueza de forma tal que se eliminen esos contrastes que permiten que mientras unos pocos viven en palacetes ostentosos, otros muchos se amontonen en pocilgas indignas hasta para los animales domésticos.

La clase obrera, a diferencia de la burguesía y la pequeña burguesía, no crea la menor ilusión con respecto a cómo se resuelve el problema habitacional.  “Para acabar con esta penuria de la vivienda —dice Engels— no hay más que un medio: abolir la explotación y la opresión de las clases laboriosas por la clase dominante”[8].  Mientras perdure la explotación del hombre por el hombre, las horrendas condiciones de habitación de los desposeídos estarán siempre presentes.  Además, el proletariado no limita su solución a la búsqueda de un régimen socialista desarrollado que permita dotar a cada familia de una vivienda que le garantice una existencia acorde con las necesidades físicas y espirituales del hombre moderno, sino que entiende que “la cuestión de la vivienda no podrá resolverse hasta que la sociedad no esté lo suficientemente transformada para emprender la supresión del contraste que existe entre la ciudad y el campo, contraste que ha llegado al extremo en la sociedad capitalista de hoy (...).  Querer resolver la cuestión de la vivienda manteniendo las grandes ciudades modernas, es un contrasentido.  Estas grandes ciudades modernas podrán ser suprimidas sólo con la abolición del modo de producción capitalista”[9].

Las particularidades del problema en Colombia

En páginas anteriores se explicaron las raíces del problema de la vivienda en los países capitalistas desarrollados y la naturaleza de orden estructural e inevitable que tiene el déficit habitacional en ese tipo de organización económica.  Pero dado que, además de la magnitud, la penuria de vivienda en Colombia y en el Tercer Mundo tiene particularidades que la diferencian, empeorándola, de la que se da en la actualidad en las potencias imperialistas, resulta necesario avanzar en el análisis de sus causas y rebatir un par de sofismas al respecto.

¿Qué hace que el déficit de vivienda de las neocolonias sea más importante que el de las metrópolis? ¿Por qué aparecen formas de urbanización tan características en Latinoamérica, África y Asia, como las barriadas autoconstruidas por sus propios moradores? ¿Cuáles son las causas particulares del gravísimo problema de la vivienda en Colombia?

Con la descomposición del campesinado, las ciudades, aparte de su crecimiento poblacional vegetativo, tienen uno más importante y desestabilizador en la relación entre viviendas existentes y habitantes: el que se origina en los millones de desposeídos que en un tiempo relativamente breve llegan a las urbes y requieren de una vivienda donde guarecerse.  Este proceso, ocurrido en Norteamérica y en Europa durante los siglos XVII, XVIII, XIX y aun a principios del XX, sucedió más tardío en el resto del mundo.  Colombia, apenas en los últimos treinta o cuarenta años, ha padecido una situación similar, guardadas proporciones y diferencias, a la que soportaron las potencias industriales.  Para saber que aquí como allá las épocas de transición de las sociedades rurales a urbanas significan tiempos de especial penuria de la vivienda, basta leer las crónicas sobre la situación de la clase obrera inglesa en el siglo pasado[10].  Las edificaciones existentes no eran capaces de albergar a los millones de inmigrantes, los alquileres se disparaban y se arrendaban hasta auténticos chiqueros, la especulación con el suelo y las nuevas avenidas agravaban el faltante y por doquier se oía el clamor sobre el “problema de la vivienda”.

Ante la penuria habitacional, la burguesía sólo puede oponer la iniciativa privada y los planes estatales.  La primera se limita a ofrecer alternativas de uno u otro tipo a quienes puedan pagarlas, y los segundos se contentan con atender a una porción más o menos grande, o pequeña, de los indigentes.  La capacidad de un país con relaciones capitalistas para atender las necesidades de alojamiento de su población y, en consecuencia, el mayor o menor déficit habitacional, dependen de cuántas personas puedan comprar vivienda propia y cuántas logren subsidiar los gobiernos, lo cual, como es obvio, queda supeditado al nivel de desarrollo material de la sociedad, a su grado de industrialización, a sus niveles de empleo y desempleo, a la remuneración del trabajo, al grado de explotación, etc.  Con el advenimiento del capitalismo el problema se empeora o no dependiendo de la capacidad de pago de los asalariados y de la fortaleza económica de los Estados.  Y como generalmente los altos índices de desempleo permanente y los bajos salarios van aparejados a un escaso desarrollo industrial y agrario ya fiscos débiles, resulta que allí donde se requiere la acción oficial para atender los requerimientos de vivienda de verdaderos ejércitos de obreros mal pagados y cesantes la acción estatal es menor.  El incontenible aumento de la población urbana, la incapacidad de pago de millones de habitantes, la escasísima acción gubernamental y la saturación de las viejas edificaciones en los centros de las ciudades son las premisas sobre las cuales se asientan las villas miseria, las favelas, los barrios piratas y mil nombres más con que el ingenio popular bautiza los cinturones de tugurios que rodean todas las ciudades del Tercer Mundo.  Estas tienen como constante la ausencia de servicios públicos, el irrespeto de las normas higiénicas, los espacios insignificantes, los ranchos construidos con desechos, el hacinamiento y la miseria.  A favor de que, en la actualidad, la burguesía pueda asumir una actitud laxa y aun desentenderse del cumplimiento de las normas sanitarias en estas barriadas y en los inquilinatos, actúa el hecho de que con el aparecimiento de las vacunas y la penicilina prácticamente desaparecieron las temibles epidemias de otros años, que diezmaban casi por igual a pobres y a ricos.

En Colombia, como en el resto del Tercer Mundo, millones de familias no pueden adquirir ni la peor vivienda que ofrecen en el mercado los particulares o el Estado.  Este último no sólo es incapaz de proporcionar un número suficiente de viviendas subsidiadas, sino que ni siquiera logra llevar el agua, la energía y el alcantarillado a donde el desespero obrero y popular edifica sus asentamientos subnormales.  Es tal el parsimonioso desarrollo nacional, cuando no su estancamiento y retroceso, que con cierta frecuencia no se consigue ni siquiera capital suficiente para financiar la actividad empresarial de los productores de vivienda.  Unas causas particulares de descomposición del campesinado y el tipo de economía que esas mismas causas generan producen también un modo especial de urbanización de los países.

El tipo de urbanización de la nación también permite caracterizar a Colombia como un país neocolonial y semifeudal a causa de la dominación del imperialismo norteamericano.  No puede hacerse un análisis comparativo de índole mecanicista con lo ocurrido en Inglaterra y en otros países para argumentar que la causa principal de la migración en Colombia es el desarrollo capitalista del campo, con el consecuente desplazamiento de mano de obra, fruto de la tecnificación y la mecanización de las faenas agrícolas.  Santiago Perry, en su libro La crisis agraria en Colombia (1950-1980), prueba con abundancia de datos que el desarrollo tecnológico del campo colombiano es insignificante y que predominan en él las formas atrasadas, semifeudales, de producción y tenencia de la tierra; que los desarrollos capitalistas, si bien han existido en este siglo, y existen, configuran la excepción que confirman la regla del atraso prevaleciente.  "

Una característica del desarrollo capitalista consiste en desposeer de la tierra y de los medios de producción a la población agrícola, pues sin una mano de obra que sólo tenga para vender su fuerza de trabajo y que apenas pueda sobrevivir comprando en el mercado, no habrá quién labore en las fábricas ni quién adquiera lo que en ellas se produce; sin embargo, únicamente eso, no configura el capitalismo ni garantiza su desarrollo, “pues resulta claro que la expropiación de la población del campo sólo engendra, de manera directa, terratenientes”[11].  Es precisamente lo que ha sucedido en Colombia.  La migración prueba que se ha despojado a las masas laboriosas del agro de la propiedad o usufructo de la tierra, pero las formas feudales de propiedad y producción no han sido reemplazadas por otras de carácter capitalista, sino que conservan los rasgos fundamentales heredados del feudalismo, entremezclados con la economía imperialista y del capital financiero.  Son la competencia desigual de los excedentes agrícolas norteamericanos y su especulación con los insumos, las andanzas del capital financiero y del régimen terrateniente las que han despoblado el campo, y este fenómeno no ha sido acompañado por el desarrollo capitalista sino por la ganadería extensiva y el atraso.

Concomitantemente con esta situación, la industria colombiana, anquilosada y débil, es incapaz de proletarizar a los millones de emigrantes que llegan a las ciudades, y que se convierten en masas de desempleados o subempleados en las tareas más anodinas e improductivas[12].

Mientras en los países imperialistas la migración campesina se hizo simultáneamente con el florecimiento industrial del campo y la ciudad, con la proletarización de los desarraigados y con un avance de la producción que llevaron al fortalecimiento de los Estados y al sometimiento de centenares de naciones en todo el orbe —lo que a su vez les permitió mejorar las condiciones de habitación de sus propios pueblos—, en Colombia Y las naciones del Tercer Mundo solamente se dio la mitad del proceso: la migración campesina y el agravamiento del faltante de vivienda en las ciudades, mas no un progreso económico que permita enfrentar el problema con economías similares a las de las potencias industrializadas.  Los países desarrollados padecen una penuria capitalista y la enfrentan con medios de la misma estirpe; Colombia, en cambio, soporta necesidades de país urbano pero se enfrenta a ellas con recursos infinitamente más pequeños, propios de las estructuras neocoloniales y semifeudales.

A diferencia de lo que ocurre en las metrópolis, en donde los de abajo no pueden y los de arriba no quieren eliminar el déficit de vivienda, en países como Colombia se suma a la incapacidad de los pobres el escaso desarrollo nacional y la crónica debilidad de las finanzas públicas.  Aquí, aun cuando la burguesía quisiera, no lo puede remediar.  Sin embargo, en relación con las causas de la penuria habitacional colombiana, vale la pena reseñar dos ideas falsas que circulan en este sentido.

La primera es la llamada explosión demográfica.  Que los hombres se reproducen más aprisa que los recursos de la sociedad es una teoría vieja, de siglos ya, desarrollada por el inglés Malthus para explicar todas las carencias a que se somete a los trabajadores en los países cuya economía se fundamenta en la explotación del trabajo ajeno.  Dicha teoría ha sido gratamente acogida por las clases dominantes desde muy temprano, “porque fue una gran noticia para los ricos que los pobres sólo pudieran culparse a sí mismos de su pobreza”[13].  La pretensión de que el déficit de vivienda obedece a la superpoblación nacional no resiste el menor análisis.  Si la penuria dependiera del número de habitantes por kilómetro cuadrado, los déficits de Francia, Italia, Alemania y el Reino Unido deberían ser 4, 8.2, 8.6 y 9 veces superiores al del país, respectivamente, porque la población por kilómetro cuadrado de cada una de esas naciones es de 98.18, 198.3, 207.3 y 229.0, mientras la de Colombia apenas llega a 24[14].  Pero se sabe que los faltantes habitacionales de esas regiones son sensiblemente inferiores al colombiano.  Realmente, aquí los habitantes por kilómetro cuadrado son poquísimos, y con un sistema económico y social diferente se podría dar trabajo que generara riqueza a una población bastante mayor que la presente y, por supuesto, dotarla de vivienda adecuada.

La segunda es la que pretende explicar el déficit habitacional por la migración del campo a las ciudades.  Del hecho cierto de que la nación se trasladó mayoritariamente de las zonas rurales a las urbanas[15], la oligarquía saca una conclusión falsa: la de que ahí está la causa del déficit de vivienda, cuando lo máximo que se le puede achacar es que la penuria ha cambiado de ubicación.  El que entre 1938 y 1980, en más de cuarenta años, la población agraria apenas haya aumentado en términos absolutos en 3 millones, solo el 50%, y todavía centenares de miles de campesinos padezcan el déficit, indica la incapacidad total del sistema imperante para cubrir las necesidades de vivienda de cualquier segmento de los pobladores del país.

En Colombia, donde únicamente el 20% de los campesinos está servido por acueducto, sólo el 13% lo está por alcantarillado y hay, sin contar los Territorios Nacionales, 1.080.300 familias en el campo que no poseen energía eléctrica[16], resulta absurdo pretender que la migración crea el problema de la vivienda.  Quienes llegan a las ciudades no dejan viviendas; abandonan ranchos sin servicios, con pisos de tierra, mal aireados, peor iluminados y plagados de bichos.  Dentro de la población agraria nacional “el 77.1 % convive con gallinas, el 41.5% con cerdos, el 73.2% con perros y el 44.9% con gatos”[17], sin nada que envidiarles a los siervos del feudalismo europeo de hace quinientos y más años.  Los que emigran no abandonan unas condiciones de vida idílicas, las flores y el aire puro, como sueñan algunos despistados.  Son la ruina, la desocupación y el hambre los que los expelen del agro.  Llegan a las urbes a una existencia miserable, pero dejan una igualo peor que la que encuentran.  Su problema de vivienda no lo crea la ciudad, ya lo tenían y apenas lo reeditan.  Hay quienes intentan detener la migración campesina pero sin dotar a los labriegos de tierra: que se queden allá, pero sin servicios públicos; que no se vengan, pero que perezcan de diarrea; que suspendan su desplazamiento aunque se queden desempleados, como si estos compatriotas fueran tan mensos como son los que se empeñan en que permanezcan aferrados al atraso rural.  Hasta cuando el campesinado no posea la tierra no habrá poder humano que impida que se radique en las áreas urbanas, en donde vivirá oprimido y explotado, es cierto, pero al menos en contacto con la “civilización”.



[1] Vitrubio Marco Lucio, Los diez libros de arquitectura, p.  153, Editorial Iberia, Barcelona.

[2] Risebero Bill, Historia dibujada de la arquitectura occidental, p.  54, Hermann Blume Editores, Madrid.

[3] Engels Federico, Contribución al problema de la vivienda, p.  18 Editorial Progreso, Moscú.

[4] Ibíd, p.  31.

[5] Ospina Pérez Mariano, La nueva economía colombiana, Bogotá.  Oficina de Información y Prensa de la Presidencia de la República, citado por John I.  Laun en Vida urbana y urbanismo, p.  311, Editorial Andes, Bogotá.  Subrayado por el autor.

[6] La Emancipación, marzo 16 de 1872, Madrid.  Era el órgano de las Secciones Marxistas de la Primera Internacional en España, citado por Federico Engels, op.  cit., p.  34.

[7] Engels Federico, Ibíd., pp.  53 y 54.

[8] Ibíd., pp.  17 y 18.

[9] Ibíd., pp.  56 y 57.

[10] Ver la excelente descripción que hace Federico Engels en su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra.

[11] Marx Carlos, El Capital, Libro 1, p.  722, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1973.

[12] José Fernando Ocampo T.  señala que en Bogotá, la ciudad más desarrollada del país, e138% del empleo de la ciudad se ubica en economía “no capitalista” (Bases de conceptualización del sector informal y cuantificación a nivel nacional y departamental, p.  53, Servicio Nacional de Aprendizaje-SENA) y es sabido que el desempleo abierto ronda por el 15%.

[13] Huberman Leo, Los bienes terrenales del hombre, p.  266, Editorial La Oveja Negra, 1972.

[14] Fuente: Almanaque Mundial 1982.

[15] En 1938 el 69.1% de los colombianos (aproximadamente 6.000.000) habitaba en el campo, y en 1980 el 65.5% (casi 18.000.000) lo hacía en las ciudades.  (Fuente: DANE).  El parámetro utilizado por el DANE que asimila como “urbano” a cualquier conglomerado de vivienda de más de 1.500 habitantes, es bastante discutible.  Sin embargo, las cifras sirven para indicar el hecho indudable de la migración del campo a las ciudades.

[16] Ministerio de Minas y Energía-ICEL, Plan nacional de electrificación rural (estado avance etapas 1 y lI), Bogotá, marzo de 1984, multicopiado.

[17] Organización Mundial de la Salud, Organización Panamericana de la Salud, Ministerio de Salud, Colombia.  diagnóstico de salud, políticas y estrategias, Bogotá, junio de 1984, citado por Fernando Plata Uricoechea, El Espectador, septiembre 2 de 1984, p.  I-D.